El CO2, el vapor de agua y otros gases que forman parte de la atmósfera tienen la particularidad de absorber calor que emite la Tierra por lo cual ésta evita perder gran parte de dichas radiaciones hacia el espacio. Este fenómeno recibe el nombre de efecto invernadero y los gases con dicha propiedad se llaman gases efecto invernadero (GEIs).
Un tercio de dicha energía regresa al espacio y el resto sirve para calentar la Tierra y como combustible del sistema climático. La presencia de los GEIs es indispensable para que existan las condiciones de vida actuales, por ejemplo en ausencia de ellos, la temperatura media glo
bal de la atmósfera en la superficie terrestre descendería de 15ºC a –18ºC, siendo imposible la vida. En el período comprendido entre los años 1570 y 1730 por razones climáticas la Tierra vivió una pequeña Edad del Hielo, cuando la temperatura media descendió ½ ºC, trayendo aparejado grandes inconvenientes para la economía de las especies y para las poblaciones humanas.
Mediciones de los GEIs efectuadas a partir de la revolución industrial hasta nuestros días demuestran que éstos han aumentado significativamente producto del creciente uso de los combustibles fósiles, la deforestación y el mal uso de la tierra. La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ha aumentado a partir de 1850 en un 0,3% por año. Evidentemente la quema de combustibles fósiles y naturales por parte del hombre en estos últimos 152 años ha sido la causa principal del aumento de los GEIs en la atmósfera. El dióxido de carbono aumentó un 30% y el metano más del doble, producto de la acción antrópica (Norverto, C.A.; 1997).
Los posibles escenarios de cambio climático son evaluados a través de modelos climáticos globales (MCG) que analizan matemáticamente los procesos físicos y sus interacciones entre la atmósfera, hidrosfera, litosfera y biosfera.
El Intergovernamental Panel on Climate Change (IPCC) ha elaborado seis escenarios globales posibles que describió en sus documentos (IPCC, 1992; 1996). El documento IS92 considera como escenario global intermedio al que predice una existencia del doble de dióxido de carbono atmosférico hacia el año 2050, por lo cual la temperatura aumentará en 2ºC (Labraga, J.C., 1998).
Se plantea la necesidad de disponer procesos que retengan y fijen el CO2 a los fines de cumplir con la Convención Marco sobre Cambio Climático (CMCC); (United Nations Framework Convention on Climate Change, FCCC), que establece compromisos y acciones para mitigar y enfrentar el cambio climático del planeta.
La fotosíntesis es uno de estos procesos y cada día gana más importancia su uso y el empleo de los productos obtenidos mediante el conjunto de reacciones químicas que la integran.

En la Conferencia de las Partes de la Convención de 1997 (Conference of the Parties –COPs) en Kyoto (COP-3), donde se establecieron nuevas obligaciones y plazos para los países industrializados, principales responsables de emisiones GEI (Dióxido de carbono (CO2), Metano (CH4), Oxido nitroso (N2O), Hidrofluorocarbonos (HFC) Perfluorocarbonos (PFC) y Hexafluoro de azufre (SF6)) y fuentes de emisiones, se comprometieron en reducir dicha canasta de GEIs, en un poco más de 5% en promedio respecto de los niveles de 1990, para el período entre 2008-2012.
Sin embargo y además de fijar compromisos de reducción, el protocolo de Kyoto establece mecanismos flexibles para compensar emisiones de estos mismos países por la vía de la implementación conjunta. Una de las formas es el desarrollo de proyectos de captación de carbono a través de sumideros -proyectos de plantaciones forestales- (Center for Sustainable Develpment in the Americas, 1996).
Plantaciones de paulownia, sauces, álamos, pinos, eucaliptos, entre otras tantas especies, están siendo analizadas en las últimas décadas, considerando la viabilidad de cada uno de los proyectos, en distintas latitudes y circunstancias, teniendo en cuenta la elaboración de maderas para muebles, pasta de papel, madera para construcción y carpintería, producción de energía y fijación de CO2.
Midiendo y comparando los valores de metros cúbicos y toneladas por hectárea por año, obteniendo los rendimientos mínimos y máximos, sumados a los obtenidos por el manejo de los bonos carbono instrumentalizados internacionalmente.


